¿Será que la emoción está evolucionado?

Con la psicología evolucionista me topé el otro día, gracias a la reseña del libro que sobre el tema escribieron los estadounidenses Leda Cosmides y su esposo John Tooby. Ella psicóloga y él antropólogo.

Imagen Dragon's Drugs | Cortesía Alena Demicheva

Imagen Dragon’s Drugs | Cortesía Alena Demicheva

En fin, el tema captó mi atención como consecuencia de mi interés y práctica profesional en el desarrollo y la consolidación de la marca personal en preadolescentes como adolescentes. Así mismo, debido al contenido personal e íntimo que por estos días acostumbra publicar la gente en las redes sociales.

Entre otros, los susodichos estadounidenses mencionan en su libro:

La forma prosigue al cometido: las propiedades de un mecanismo evolucionado refleja la estructura de la función que éste evolucionó para resolver.

Confieso que me costó bastante comprender la noción y por lo que para dilucidarla se me ocurrió enmarcar su contexto dentro del marketing emocional. Los psicólogos de verdad, verdad, sabrán disculparme si termino por agredir las normas de la psicología evolucionista, pero de todos modos ahí les va mi suposición:

La estructura de mercado de tiempo atrás, pasó de ser una configuración en la que las personas eran fáciles de ubicar; sencillas de abordar; como predispuestas a comprar, a una en la que ya no lo son tanto. Es decir y como lo entiendo yo: de la predisposición por la imagen y el consumo, evolucionó el interés por la experiencia y el valor (aun cuando aquella tribu urbana que mencionaba la semana pasada y que por estos días parece ser la sensación, podría ser la excepción a la regla).

Es así que concluí que, la estructura de mercado tal cual las emociones actuales, se asocian mejor con la lucidez que con la imagen y el consumo, aun cuando mi hipótesis no sea propiamente dicha una tarea esencial.

Es en ese orden de ideas y aun cuando le extrañen las apreciaciones que condujeron a mis conjeturas, le sugiero considerar los siguientes dos aspectos cuando vaya usted a definir su marca comercial tal cual su marca personal:

  1. La lucidez debe ser el principal parámetro detrás de cualquier esfuerzo de marketing o consolidación de la autoestima.
  2. Debe procurar usted en favor de lucidez respecto a: entendimiento, apariencia, y propósito.

Solo hasta cuando usted y los agentes de marketing adopten el susodicho concepto, podrán así evitar el despilfarro de dinero, tiempo y autoestima.

Se ha llegado el momento de sacudir el letargo que produce estar conectado en línea interminables horas. Una cosa son las oportunidades que acompañan la tecnología y otra es dejarse idiotizar por la excesiva utilización de las redes sociales.

Los preadolescentes como los adolescentes (y también los adultos, claro está) han desarrollado una excesiva obsesión por el reconocimiento de la opinión pública, sea esta que provenga del número de seguidores en Twitter o disponer de la mayor cantidad de “me gusta” en Facebook. Ninguno de los dos casos es el tipo de exposición, que el pre, el adolescente y el adulto deberían estar enfocando en su cotidianidad.

Algo similar ocurre con las marcas comerciales y su absorta promoción, su publicidad majadera y su irrelevante marketing de contenidos.

“Llegamos, pues. Puede usted ya abrir los ojos, y dejar atrás la gráfica verborrea emocional en línea y sus imágenes que le acompañan, como también aquellos planes de marketing que incorporan costosas como desenfocadas tácticas tipo rodizio”.

Usted, el consumidor, y yo necesitamos de argumentos claros y contundentes. Requerimos de razones para creer tal cual para poder elegir.

Desafortunadamente, por estos días de frenesí social en línea, tanto las marcas comerciales como las personales, se quedan cortas en este sentido. O, al menos así lo percibo yo.

Y, sino comparte mi parecer, quizás las siete reglas de Paracelso (aquel médico-alquimista del Siglo XVII), le ayude a esclarecer su percepción al respecto.

Que las disfrute, y hasta una próxima oportunidad:

Las Siete Reglas de Paracelso

1º Lo primero es mejorar la salud. Para ello hay que respirar con la mayor frecuencia posible, honda y rítmica, llenando bien los pulmones, al aire libre o asomado a una ventana. Beber diariamente en pequeños sorbos, dos litros de agua, comer muchas frutas, masticar los alimentos del modo más perfecto posible, evitar el alcohol, el tabaco y las medicinas, a menos que estuvieras por alguna causa grave sometido a un tratamiento. Bañarte diariamente, es un hábito que debes a tu propia dignidad.

2º Desterrar absolutamente de tu ánimo, por más motivos que existan, toda idea de pesimismo, rencor, odio, tedio, tristeza, venganza y pobreza. Huir como de la peste de toda ocasión de tratar a personas maldicientes, viciosas, ruines, murmuradoras, indolentes, chismosas, vanidosas o vulgares e inferiores por natural bajeza de entendimiento o por tópicos sensualistas que forman la base de sus discursos u ocupaciones. La observancia de esta regla es de importancia decisiva: se trata de cambiar la espiritual contextura de tu alma. Es el único medio de cambiar tu destino, pues este depende de nuestros actos y pensamientos. El azar no existe.

3º Haz todo el bien posible. Auxilia a todo desgraciado siempre que puedas, pero jamás tengas debilidades por ninguna persona. Debes cuidar tus propias energías y huir de todo sentimentalismo.

4º Hay que olvidar toda ofensa, más aún: esfuérzate por pensar bien del mayor enemigo. Tu alma es un templo que no debe ser jamás profanado por el odio. Todos los grandes seres se han dejado guiar por esa suave voz interior, pero no te hablara así de pronto, tienes que prepararte por un tiempo; destruir las superpuestas capas de viejos hábitos, pensamientos y errores que pesan sobre tu espíritu, que es divino y perfecto en sí, pero impotente por lo imperfecto del vehículo que le ofreces hoy para manifestarse, la carne flaca.

5º Debes recogerte todos los días en donde nadie pueda turbarte, siquiera por media hora, sentarte lo más cómodamente posible con los ojos medio entornados y no pensar en nada. Esto fortifica enérgicamente el cerebro y el Espíritu y te pondrá en contacto con las buenas influencias. En este estado de recogimiento y silencio, suelen ocurrírsenos a veces luminosas ideas, susceptibles de cambiar toda una existencia. Con el tiempo todos los problemas que se presentan serán resueltos victoriosamente por una voz interior que te guiará en tales instantes de silencio, a solas con tu conciencia. Ese es el Daimon de que habla Sócrates.

6º Debes guardar absoluto silencio de todos tus asuntos personales. Abstenerse, como si hubieras hecho juramento solemne, de referir a los demás, aun de tus más íntimos todo cuanto pienses, oigas, sepas, aprendas, sospeches o descubras. Por un largo tiempo al menos debes ser como casa tapiada o jardín sellado. Es regla de suma importancia.

7º Jamás temas a los hombres ni te inspire sobresalto el día de mañana. Ten tu alma fuerte y limpia y todo te saldrá bien. Jamás te creas solo ni débil, porque hay detrás de ti ejércitos poderosos, que no concibes ni en sueños. Si elevas tu espíritu no habrá mal que pueda tocarte. El único enemigo a quien debes temer es a ti mismo. El miedo y desconfianza en el futuro son madres funestas de todos los fracasos, atraen las malas influencias y con ellas el desastre.

Si estudias atentamente a las personas de buena suerte, veras que intuitivamente, observan gran parte de las reglas que anteceden. Muchas de las que allegan gran riqueza, muy cierto es que no son del todo buenas personas, en el sentido recto, pero poseen muchas virtudes que arriba se mencionan. Por otra parte, la riqueza no es sinónimo de dicha; puede ser uno de los factores que a ella conduce, por el poder que nos da para ejercer grandes y nobles obras; pero la dicha más duradera solo se consigue por otros caminos; allí donde nunca impera el antiguo Satán de la leyenda, cuyo verdadero nombre es el egoísmo. Jamás te quejes de nada, domina tus sentidos; huye tanto de la humildad como de la vanidad. La humildad te sustraerá fuerzas y la vanidad es tan nociva, que es como si dijéramos: pecado mortal contra el Espíritu Santo.

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