El prototipo de presidente lascivo

Alguien seguía a Ross Johnson. Seguramente un detective contratado por ese tacaño de Henry Weigel, pensó. Día tras día, fuera donde fuera, una sombra misteriosa acompañaba a Johnson por las calles de Manhattan. Hasta que se cansó. Johnson tenía muchos amigos y entre ellos había uno que debía tener contactos en el mundo del hampa. Tengo este molesto problema, explicó a su amigo. Quiero deshacerme de alguien que me sigue. Eso no es ningún problema, le aseguró el amigo. A los pocos días el detective había desaparecido. Es más que probable que ahora ese individuo camine de modo ciertamente peculiar.

Era la primavera de 1976 y las cosas no iban nada bien para una empresa de alimentación de segunda fila llamada Standard Brands. Weigl, su viejo y malhumorado presidente, estaba decidido a deshacerse del número dos, Johnson, ese joven canadiense de caballera despeinada que se pavoneaba por Manhattan con amigos tan encantadores como Frank Gifford y “Dandy” Don Meredith. Weigl lanzó a un equipo de auditores sobre las cuentas de gastos de Johnson, notoriamente hinchadas, y se dedicó a recopilar cotilleos sobre los asuntos extramaritales de su antiguo protegido.

La banda de jóvenes renegados amigos de Johnson preparó un contraataque, para lo cual no dudó en ejercer presión sobre los directores ni en documentarse sobre todos los asuntos sucios de la empresa. En las oficinas centrales de Madison Avenue comenzaron a escucharse rumores acerca de un inminente golpe.

Las tensiones estallaron: entre Johnson y Weigl se suscitó una acalorada discusión, un conocido ejecutivo cayó muerto y en un consejo de administración se cortaron muchas cabezas. Las cosas llegaron a su punto culminante en una reunión celebrada a mediados de mayo. Weigl entró primero a la sala, dispuesto a presentar sus agravios en contra de Johnson, quien le siguió con su propia trampa dispuesta para saltar.

Mientras pasaban las horas, los ayudantes de Johnson, “los hombres alegres”, paseaban por Central Park en espera del vencedor. Allí dentro debían estar sudando sangre, pero en materia de política empresarial, nadie parecía dispuesto a aceptar que Ross Johnson pudiera quedar fuera de combate. Era como si tuviera el don de la supervivencia.

Hasta el otoño de 1988, la vida de Ross Johnson fue una sucesión de aventuras empresariales en las que, además de consolidar su poder, libró toda una guerra contra el viejo orden que imperaba en el mundo de los negocios.

Bajo ese viejo orden, el éxito era una tarea tan lenta como ardua. Fortune 500 estaba dirigida por “hombres de empresa”: jóvenes ejecutivos que se abrían camino hacía la cumbre entregándose en cuerpo y alma a una empresa y altos ejecutivos de más edad, quienes, como celosos guardianes, protegían la empresa, a la vez que la hacían crecer tímidamente.

Johnson fue el reverso de la moneda: acabó con las tradiciones, se deshizo de divisiones enteras y sacó de quicio por completo al estamento directivo. Pertenecía a esa generación de personalidades independientes, no vinculadas a la empresa, que maduró en los años setenta y ochenta: un grupo nómada movido por los acuerdos y la productividad. Según ellos mismos reconocían, su misión era ayudar a los inversores y no velar por las tradiciones de la empresa. Por supuesto, también intentaban ayudarse a sí mismos.

Johnson sobresalía con claridad entre todos ellos. Él era quien cerraba las operaciones más importantes, quien más hablaba y quien se embolsaba las mayores ganancias extrasalariales. Se convirtió en el símbolo por antonomasia del mundo de los negocios de los “felices años ochenta” y cerró el decenio con la operación del siglo, esparciendo al viento una de las más importantes y venerables empresas de Norteamérica.

—Bryan Burrough & John Helyar [Extracto del libro NABISCO, la toma de un imperio]

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