Ser un patán sí paga

Ahí tienen pues, ante la mirada atónita e indignada del gran bulto de inmigrantes latinos en los Estados Unidos, al magnate de la construcción, Donald Trump (o al patán de su elección, por lo demás), que cual volador sin palo se perfila como el cuadragésimo primer Presidente de los estadounidenses y, todo por ser un patán, como porque a Hilary aún la persigue la infidencia de la Vicky Dávila de ese entonces, Linda Tripp, la otrora empleada de la Casa Blanca y el Departamento de Defensa, quien fuera la encargada de encender las alarmas del tan sonado escándalo por el affaire del presidente Bill Clinton con la becaria Mónica Lewinsky.

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Ciertamente, podrá ser usted uno de tantos que no comparta mi afirmación, aun cuando lo cierto es que disponemos de un sinnúmero de desgastados aforismos que le conducirán a inclinar la balanza a favor de una u otra orilla, entre otros, cortesía de Maquiavelo (“es mucho mejor ser temido que amado”), Dale Carnegie (“empiece por el elogio y el reconocimiento sincero”), y Leo Durocher, que pudo o no haber dicho (“las personas amables terminan al último”).

Sonríele al cliente, dicta la sabiduría convencional en el ámbito de la amabilidad. Hornee pandebono para su jefe y colegas. Déjese venir con su diatriba de halagos para sus subordinados. Comparta el crédito por el logro. Escuche a lo demás. Empatice con todos. No consuma usted todo el presupuesto de ventas del cliente, deje algo para sus colegas. Deje el último pandebono para alguien más.

En sentido opuesto, grúñale al cliente. Mantenga sus colegas al límite. Reclame para sí mismo el crédito por los logros. Hable de primeras. Suba los pies en la meza. Absténgase de aprobar. Infunda temor. Interrumpa. Pida más y por supuesto, cómase el último pandebono. Usted se lo merece.

Siga una de estas dos sendas, dicta la cátedra del experto, y llegará lejos. Siga la otra, y morirá desamparado y en la quiebra. Sin embargo, el asunto es definir ¿cuál es cuál?

De todos los asuntos que inquietan la mente contemporánea —¿Naturaleza o nutrir? ¿Tienen razón los agentes Dana Scully y Fox Mulder? ¿Quién se quedará con el Trono de Hierro en Game of Thrones? ¿Logrará la tan anhelada paz el presidente Santos? ¿Revindicar o linchar a Vicky Davila?— ningún otro, ha llevado más agua al molino en términos de acalorado filosofar aunque de poco indagar científico, como la noción de si ¿paga ser amable o de si existe alguna ventaja cuando se es un patán?

Al respecto y del artículo en inglés, “Why it pays to be a jerk: New research confirms what they say about nice guys”, publicado en la revista The Atlantic, podrá usted mismo corroborar las conclusiones de la evidencia recabada hasta ahora.

Pero por lo pronto y como abrebocas e incentivo para acometer la lectura, una que otra perla que confirma lo que dicen acerca de las personas amables:

—Los presidentes narcisistas se aglomeran en torno a ambos extremos del espectro de la victoria: “Sí existen los narcisistas útiles”.

—En una investigación, la gente que robaba café para sus colegas en la oficina, tenía mayor probabilidad de ser colocado a cargo.

—En otra pesquisa, la gente estuvo predispuesta a pagar más cuando percibieron que el vendedor de marcas tales como Gucci y Burberry, les rechazaba.

—Algunos eruditos de negocios tal cual es el caso de Adam Grant, están realmente convencidos que “los caballeros como las damas amables, efectivamente terminan al último”.

Como conclusión de la lectura, puede uno considerar la siguiente salvedad: los patanes, narcisistas y aprovechados adoptan ciertos comportamientos para satisfacer sus propios egos y en vez de favorecer al grupo; en la otra orilla, al incómodo dadivoso no le estimula ser rudo, es generoso per se para darle continuidad a su propósito.

Así mismo, podría usted entender que lo realmente funcional es sonreír al cliente; tomar la iniciativa; alterar una que otra norma; sustraer uno que otro pandebono para sus colegas; no lastimar la impresión de que sabe usted lo que hace; dejar que el otro supla los espacios de silencio; acostumbrarse a la incomodidad; evitar privilegiar sus propias emociones; preguntarse a quién realmente se está protegiendo; ser firme y compasivo a la vez; retar las ideas y no a las personas que las intuyen; evitar ser el prototipo del oprimido; y sobretodo, evitar encasillar a la gente en adjetivos escatológicos, ya que ésta es una jugada propia del patán.

[Imagen vía Peter Yang, The Atlantic]

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