Sesenta y tres por ciento de los colombianos no arrimó al “árbol del ahorcado”

En ocasiones, como lo fue el refrendar la paz en Colombia, se nos concede la oportunidad de vislumbrar desde la encrucijada, la reacción en cadena de nuestras determinaciones. Es así, como a cambio de solo abordar la premura del momento, puede uno apreciar el verdadero valor de un entendimiento profundo, saborear el poder de la perseverancia, agradecer la contribución de aquellos que elegimos ignorar, o lo amable y sincera que es la mano amiga que se extiende para protegernos tal cual impulsarnos. Por siempre.

No obstante, en está ocasión, de nuevo, el colombiano indiferente hizo histórica gala de su desidia e inercia, alimentando así un índice de abstención que marcó 62,56 por ciento al concluir la trascendental jornada.

desidia— (Del lat. desidĭa.) f. Negligencia, inercia.

inercia— (Del lat. inertĭa.) f. Flojedad, desidia, inacción. 2. Mec. Incapacidad de los cuerpos para salir del estado de reposo, para cambiar las condiciones de su movimiento o para cesar en él, sin la aplicación o intervención de alguna fuerza.

Que haya ganado el “No”, es aceptable en mi a ver y entender, pues, el “No” también constituía una legítima opción y, aunque el revés haya significado una decepción para todos aquellos que anhelábamos ver materializado el acuerdo de paz.

Pero, lo que más me golpea del colombiano indiferente, es su poca predisposición para arrimar al “árbol del ahorcado”; enarbolar el voto para defender su legítimo derecho constitucional, y a su vez entonar así, el equivalente de aquel clamor de batalla que constituyera aquella icónica canción, que Katniss aprendiera de su padre (y la que asumo, estará usted escuchando en este preciso instante).

La verdad del asunto y, de haber arrimado más colombiano al “árbol del ahorcado”, es que la mera consideración del parangón del presidente Snow con el expresidente Uribe en aquella memorable escena, “The Hanging Tree”, de la película “The Hunger Games: Mockingjay” (primera parte), habría regodeado a más de uno.

Y por lo demás, el conocimiento, más allá de su gran flexibilidad, tiene otras características importantes que le hacen fundamentalmente diferente de fuentes menores de poder para el mundo del mañana.

Así pues, la fuerza, a todos los efectos prácticos, es finita. Hay un límite a la cantidad de fuerza que podemos utilizar antes de que destruyamos aquello que deseamos capturar o defender. Lo mismo sucede con la riqueza. El dinero no puede comprarlo todo y, en algún punto, incluso la cartera más repleta llega a vaciarse.

Por el contrario, nada de esto sucede con el conocimiento. Siempre podemos generar más.

[Imagen vía The Hunger Games: Mockingjay]

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