La buena versión del egoísmo

Familiarizados estamos con la noción que sugiere el egoísmo como uno de los peores rasgos de personalidad que poseemos, una forma de comportamiento asociado con la avaricia, los privilegios y la crueldad (“basta con la lectura matutina de los titulares para reafirmar el principio”). Y, sin embargo, en este revelador corto, sugiere “The School of Life”, un colectivo global dedicado al desarrollo de la inteligencia emocional a través de la psicología, la filosofía y la consabida sabiduría convencional, que algunas de las razones por las cuales fracasamos al pretender la existencia que deberíamos, resulta del exceso del rasgo opuesto, es decir: una despechada modestia, una sobredimensionada premura por condescender los deseo de los demás, así como de una peligrosa y contra productiva carencia de egoísmo.

Estamos en riesgo porque como colectivo fallamos distinguir entre la buena y la mala versión del egoísmo. La buena, la aconsejable versión del egoísmo, implica adoptar el coraje necesario para asignar la prioridad que merecemos para atender nuestros intereses y preocupaciones; así mismo, la confianza para ser franco con nuestras necesidades, no como para lastimar o rechazar a las demás personas, pero sí como para servirles de manera más profunda, constante y comprometida en el largo plazo. A diferencia, la mala versión del egoísmo opera sin ningún encomiable propósito a la vista, y sin alguna motivación meritoria en mente. Es decir que, declinamos colaborar con los demás, no porque estemos ordenando nuestras prioridades, sino porque sencillamente no queremos ser molestados.

Infortunadamente, afligidos por la confusión entre ambas distinciones, con frecuencia omitimos plantear nuestras necesidades como deberíamos, generando así un desastre como resultado para aquellos que precisamente pretendemos servir. Es decir que, para ser un buen padre, quizás todos los días deberíamos tomar al menos una hora para sí mismos. Pero ya que percibimos los deseos de este tipo como contrario a las expectativas, optamos por callar nuestras necesidades y así, —gradualmente nos volvemos gruñones, furiosos y amargados con todos aquellos que dependen de nosotros—. O como quien dice, la falta de egoísmo nos convierte lentamente en personas desagradables e ineficientes.

Como para así maximizar nuestra utilidad hacía los demás, la buena versión del egoísmo nace de la correcta comprensión de nuestros requerimientos.

Surge a raíz de un imperturbable sentido en la forma en la que deberíamos desarrollar nuestras habilidades, predispone la actitud mental indicada, convoca nuestros poderes más provechosos, tal cual organiza nuestros pensamientos y emociones como para así servirle a la humanidad.

[Imagen vía The School of Life]

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