Se le dice Uber a la disrupción nociva

Es común por estos días de frivolidad digital en redes sociales, donde pululan influyentes promotores (al por mayor, los autoproclamados) y un tipo muy particular que clama ser interlocutor de extraterrestres, que se le considere a Uber algo así como la máxima expresión de la amistad o, una especie de panacea de la disrupción financiera, si se quiere también. Y algunos, bastante más atrevidos, hasta encasillan a Travis Kalanick, el otrora CEO de Uber, en la misma categoría en la que se encuentran el de Google, Sergey Brin; el de Amazon, Jeff Bezos; y el de PayPal y Tesla, Elon Musk.

¿En serio creyeron que Kalanick estaba a la altura de los demás? ¡Que va!

Independiente, de las manifestaciones de acoso sexual o del maltrato a los conductores, como de andar por el mundo esquivando las regulaciones de transporte público urbano, este personaje no es ningún paladín de la disrupción digital y, me alegra que lo hayan despedido de la compañía que lideró hasta hace muy poco que, por lo demás, espero también clausuren muy pronto, ya que Uber viene siendo todo lo malo que tiene la disrupción y la globalización.

Ciertamente, son tantos los escándalos de la compañía, que hasta existe un portal exclusivo para ello: Uber Scandals.

Aunque ya no esté, obviamente, fue Kalanick el responsable de las susodichas decisiones y prácticas corporativas. Para reparar el asunto, Uber podría nombrar un presidente corporativo mucho más ético y las cosas regresarían a la normalidad. Es más, hasta podrían designar a una mujer para que asuma la vacante y así todo estaría a lo bien, ¿cierto? Pues, no, por supuesto que no.

La disfunción cultural de la empresa no es un yerro; es una característica corporativa condimentada desde sus inicios en el modelo de negocio.

Es así como el susodicho arquetipo, se me da, se asegura en quebrantar la norma, más que por ser una disrupción tecnológica. Y, acostumbrados ya a esquivar la legislación del transporte público urbano por doquier, es transparente realmente a quien pongan de presidente; Uber no va a cambiar.

La gracia de Uber fue haber percibido una oportunidad en la necesidad de ocupación de muchos desocupados en los Estados Unidos por aquel entonces, junto con la implementación de una app para teléfonos inteligentes cuyo fin era facilitar a los pasajeros el solicitar un vehículo para transporte urbano y, por lo demás, equipar a los conductores con teléfonos estándares en vez de ‘harware’ especializado (el popular taxímetro) que permitía ahorrar costos.

No obstante, dicha ‘disrupción’ podía ser fácilmente imitada, como eventualmente muchos lo hicieron, y lo que a la postre, no era suficiente para mantener a flote un negocio global.

El principal beneficio de Uber ha sido emplear vehículos particulares. De esta forma, ha podido evitar los seguros y el registro comercial, las placas de circulación especial, las licencias de conducción destinadas a los transportadores de servicio público urbano, el cotejo de antecedentes de sus conductores, las rigurosas inspecciones técnico-mecánicas, así como otros tantos costos. Como consecuencia, Uber termina minando sustancialmente al transporte público urbano tradicional. Y eureka, “un emprendimiento tecnológico disruptivo global ha nacido”, dirían algunos embelesados emprendedores.

Acto seguido, Uber desarrolla una serie de innovaciones adicionales concebidas para respaldar el quebrantar de la norma sobre el cual se ha edificado el negocio.

Procedimientos de personal y ‘software’ fueron desarrollados por la compañía para que, tanto usuarios como conductores puedan ejercer el activismo político para presionar así a los legisladores, los reguladores o cualquier otro que ose cuestionar su enfoque.

La estructura del negocio ha sido edificada bajo la noción del atropello de la norma establecida. En ese orden de ideas, quien quiera que sea el que vaya a liderar la compañía no hará mayor diferencia. Igual, vendrá escándalo tras escándalo hasta que el bendito quilombo que es Uber cierre finalmente. Entre más pronto, mejor, sugiero yo.

Pero antes de que me corran la madre o me tilden de contrario a la tecnología, han de saber que, por supuesto considero la tecnología GPS como invaluable para cualquier plataforma de transporte público urbano. No obstante, creo firmemente que debe ceñirse a la norma establecida. Se me da que, un negocio que elude las normas que otros deben seguir, es sencillamente competencia desleal.

Uber en su momento, fue claro ejemplo de disrupción digital. Demostró por lo demás, que el atropello de la norma so pretexto de la tecnología, no puede ser una patente de corso para destruir la subsistencia de aquellos que se adhieren a la norma establecida.

Si es que acaso, como comunidad pretendemos amortiguar el embate de la disrupción tecnológica y la globalización, podríamos empezar cuanto antes por asumir una actitud de balance responsable entre la innovación y su respectiva regulación.

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